15 de octubre de 2025
Años ochenta. Eran los años del "riflusso", cuando el mundo cambiaba de dirección.
Mientras muchos miraban hacia dentro
Después de los años de plomo, la gente buscaba refugio en lo privado: consumo, televisión, bienestar. Aquí teníamos la "Milano da bere", y la cultura de la imagen sustituía a la del compromiso. Mientras muchos se encerraban en su pequeño horizonte, otros seguían intentando mirar hacia fuera, hacia quien quedaba al margen. Como don Tonino Bello, entonces obispo de la diócesis de Molfetta, Giovinazzo, Ruvo di Puglia y Terlizzi.
Era 1987
A través de un amigo común me llegó una petición. "Gaetano, don Tonino está poniendo en marcha una comunidad en Ruvo di Puglia. Se llama C.A.S.A. Acogerá a chicos drogodependientes. Están empezando con un taller de serigrafía y haría falta alguien que los acompañe." Acepté sin pensarlo demasiado. Eran años en los que la heroína había invadido las plazas del país, y por supuesto también las de mi ciudad, dejando vacíos en las miradas y silencios en las familias.
La casa y la moto
La comunidad daba sus primeros pasos entre mil dificultades y prejuicios. Era un pequeño chalet a lo largo de la carretera provincial entre Terlizzi y Ruvo di Puglia. Al principio llegaba en moto, desde siempre mi compañera de libertad. Hasta que una noche don Nino, que coordinaba la casa, me llevó aparte. "Gaetano, te pido un favor. No vengas más con la moto. Ese ruido crea demasiada excitación en los chicos." Desde entonces, con la Fiat Fiorino, cada tarde cruzaba aquella verja en silencio, con respeto.
El taller de serigrafía
Enseñaba a los chicos a estampar en serigrafía. La tinta, las pantallas, los colores se convertían en una manera de dar forma a algo nuevo. Cada gesto era un acto de confianza. A menudo me quedaba a cenar con ellos. Algunas noches eran duras, gritos, crisis, fugas repentinas, pero incluso en esos momentos se sentía el latido obstinado de la vida que quería volver a empezar.
Los nombres y la memoria
Alfonso, Teresa, Katia, Anna. Son nombres que todavía llevo conmigo, como marcas grabadas en el tiempo. Con algunos nos hemos vuelto a ver, años después. A otros es mejor dejarlos en el silencio. Pero cada uno de ellos me enseñó que la solidaridad no es un sentimiento abstracto: es presencia y escucha.
Hoy, al recordar aquellos años, entiendo que aquellos "chicos fuera" no eran solo ellos. Estábamos todos fuera, de un tiempo que cambiaba, de una sociedad distraída, de nosotros mismos. Y sin embargo, en aquella pequeña casa de la provincial, encontramos una dirección: volver dentro de la vida, juntos.