DE MOLFETTA A LOS NAVIGLI
DE MOLFETTA A LOS NAVIGLI
21 de enero de 2026
«La caravana de los invisibles». Milán, finales de los años 70.
De Molfetta a los Navigli
Por un lado los neofascistas ponen bombas en los trenes y en las plazas (aquel verano de 1980, la masacre de Bolonia), por otro las Brigadas Rojas que disparan y matan. Y nosotros en medio. El país parece hundirse en una guerra civil larvada, pero nosotros en aquel momento tenemos una idea fija y un sueño que cumplir: encontrar el dinero para abrir la Cooperativa L'Immagine. Nada de viajes de premio después de la selectividad.
Desde Molfetta apuntamos directos a aquella Milán capital del trabajo, de los aperitivos y de los primeros porrazos. Llegamos con los bolsillos vacíos y la cabeza llena de sueños. Despertador al alba y luego abajo, hacia los Navigli, no los elegantes de hoy sino los ásperos, llenos de humo y de vidas arrugadas. En un salón abarrotado esperábamos a que sonara el teléfono: yonquis, ex presidiarios y nosotros.
La caravana de los invisibles
Quien lo gestionaba todo era el «Jefe», un ex oficial jubilado: cuaderno, teléfono y poder absoluto. Las empresas llamaban, él escuchaba, colgaba, lanzaba una mirada rápida a la humanidad desesperada que tenía delante y decidía a quién dar el trabajo. Luego te pasaba un papelito con la dirección, el horario, los días. Todo rigurosamente en negro. Y luego, un día, entre tantas humillaciones, también la del «Jefe» que te mete la mano entre los muslos. Cabrón. No dije nada.
¿Qué podía decir? Era «el de la caravana», el extracomunitario del Sur, el don nadie. Formábamos parte de la «caravana», una especie de empresa de trabajo temporal antes de que existieran. A nosotros nos tocaban los peores trabajos. En las empresas nos reconocían enseguida: «Son los de la caravana». Desconfianza, bromitas, sospecha. Éramos los «meridionales en Milán», los «extracomunitarios» de entonces.
Las noches milanesas
Pero por la noche Milán cambiaba de cara. De los Navigli apestosos a los centros sociales llenos de humo y luego los conciertos de Talking Heads, Television, Ramones, los primeros porrazos vistos de cerca. Había cambiado la explotación diurna por la formación cultural nocturna, y esa, al menos, me gustaba.
El billete de vuelta
Volvimos a Molfetta uno a uno, pero no derrotados. Éramos distintos: sabíamos cuánto valía una hora de trabajo, cuánto cuesta un sueño, cuánto pesa Milán sobre los hombros de quien no se rinde. Había aprendido que los trabajos de mierda no te empequeñecen, te entrenan para la resistencia. Que cada turno era un ladrillo más para la cooperativa. Que irse no traiciona las raíces: las refuerza. Y que cuando yo tuviera poder, no lo usaría nunca como el Jefe.
Aquella empresa nacida con el dinero de la caravana cumple este año 45 años. Ha resistido a todo: crisis, transformaciones digitales, pandemias. Me ha enseñado que no hace falta salir con todo: basta con salir. Hoy sigo conectando personas, territorios y proyectos entre Apulia, España, Rumanía y Portugal.

